El Hombre Aguas no nace como un proyecto, sino como una manera de estar.

Antes de la escultura aparece la materia.
Antes de la materia, la percepción.

El primer aprendizaje llega junto al litógrafo Don Gerbert: el papel no es soporte, es tiempo acumulado.
Al entrelazarlo, la imagen deja de ser superficie y se convierte en memoria física.

En 2007, junto a su hermano, presenta la obra TXOTX en el centro cultural Koldo Mitxelena de Donostia, dentro de Artistas Noveles de Gipuzkoa.
La pieza, construida entre fotografía y vídeo, introduce una idea que permanecerá: la obra como experiencia compartida más que como objeto aislado.

Después llega el encuentro con la obra de Eduardo Chillida.
La escultura deja de ser volumen y pasa a ser espacio activado.
Durante el treinta aniversario del Peine del Viento realiza una exposición conjunta con Eduardo Chillida con un vídeo presentado en el Museo Vasco de Baiona; allí comprende que la obra no se encuentra en el metal, sino en lo que ocurre alrededor.

El estudio de un manuscrito geométrico de Jorge Oteiza da lugar a la serie Geometría de la luz.
La pintura fotoluminiscente permite que la forma desaparezca y quede solo la energía.
No representar la luz, sino permitir que suceda.

Más tarde, Néstor Basterretxea empieza a llamarlo El Hombre Aguas.
No como título, sino como reconocimiento cotidiano: una forma de cercanía para nombrar a quien se relaciona con el mundo desde la observación.
El nombre permanece porque describe mejor que cualquier definición el lugar desde el que nacen las piezas.

La influencia del pintor Manuel Calvo abre otro camino: la obra como construcción compartida.
El arte deja de ser autoría para convertirse en relación.

Desde entonces las piezas no buscan representar nada.
Funcionan como situaciones donde mirar cambia.

El Hombre Aguas no define un estilo.
Define una práctica de atención.